Y en menos de un instante… todo cambia. Dejamos el pasado atrás, y nos lanzamos hacia lo desconocido: nuestro futuro. Partimos hacia lugares remotos para intentar encontrarnos a nosotros mismos. O, intentamos perdernos explorando placeres más cerca de casa. Los problemas empiezan cuando nos negamos a aceptar los cambios, y nos aferramos a viejas costumbres. Pero si nos aferramos demasiado al pasado, puede que el futuro no llegue nunca.
Modificar el pasado no es modificar un solo hecho: es anular sus consecuencias, que tienden a ser infinitas.
Puede resultar sabio mirar hacia atrás. Somos más nuestro pasado que nuestro futuro.
A veces, cuando eres joven, crees que nada puede dañarte, es como si fueras invencible. Toda tu vida está frente a ti y tienes grandes planes. Grandes planes para encontrar a tu pareja perfecta, la única que te completa. Pero según vas creciendo, te das cuenta de que no siempre es fácil. Y no es hasta el final de tu vida, cuando te das cuenta de que los planes que hiciste eran solamente planes. Y cuando miras al pasado en lugar de al futuro, quieres creer que has hecho todo lo posible con lo que la vida te ha dado, quieres creer que estás dejando algo bueno atrás, quieres que todo sea importante.
La carga del pasado es infinita.
No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta.
No mires atrás y llores por el pasado, porque se ha ido. Y no estés afligido por el futuro, que aún está por venir. Vive el presente, y hazlo tan bello, que valga la pena recordarlo.
Todos somos arquitectos del destino, viviendo entre muros de tiempo, así que no mires tristemente el pasado. No va a volver.
En tres tiempos se divide la vida: en presente, pasado y futuro. De éstos, el presente es brevísimo; el futuro, dudoso; el pasado, cierto.
Quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado, se ha hecho viejo ese mismo día.