Algunos dicen que nuestras vidas están definidas por la suma de nuestras elecciones. Pero no son realmente nuestras elecciones las que distinguen lo que somos. Es nuestro compromiso con ellas. Para algunos, el compromiso es como la fe. Un elegida devoción hacia una persona, o un ideal intangible. Pero para mí, el compromiso tiene un lado de sombra, un impulso oscuro que constantemente pregunta: ¿hasta dónde estoy dispuesto a llegar?
Fe es la virtud que nos hace sentir el calor del hogar mientras cortamos la leña.
Creo que puedo, sé que puedo.
La gente cree lo que quiere creer, encuentran sentido donde pueden y se aferran a eso. Al final, no importa si es un truco o es verdad, lo que importa es que la gente crea.
Hay un momento en que toda vida se sale de su camino. En ese momento de desesperación debes escoger tu rumbo. ¿Lucharás para seguir el camino? ¿U otros te van a decir quién eres realmente? ¿O tú mismo te pondrás una etiqueta? ¿Estarás orgulloso con tu elección? ¿O te aferrarás a tu nuevo camino?
Cada mañana escoges seguir adelante o simplemente dejarlo. ¿Te enfrentarás con valor a tus mayores miedos y seguirás adelante con tu fe? ¿O sucumbirás a las tinieblas del alma?
Fe significa no querer saber la verdad.
La fe puede ser brevemente definida como la creencia ilógica en la ocurrencia de lo improbable.
No me siento obligado a creer que un dios que nos ha dotado de inteligencia, sentido común y raciocinio, tuviera como objetivo privarnos de su uso.