Heridas que no se ven
Las heridas que no se ven son las más profundas.
El dolor es como el océano. Profundo, oscuro, y más grande que nosotros. Es como un ladrón en la noche. Callado, perseverante, injusto; diluido por el tiempo, el destino y el amor.
¿Alguna vez te has preguntado cómo sería todo si tú no estuvieras nunca más? Si de repente te hubieras ido, ¿cómo reaccionaría tu mundo? Cualquier cosa que te imagines no será cierta. No hay nada romántico sobre la muerte. La pena es como el océano: profunda y oscura, y más grande que todos nosotros. Y el dolor es como un ladrón en la noche. Silencioso. Persistente. Injusto. Pierde valor frente al tiempo, la fe y el amor.
La mejor medicina contra el dolor del alma es el enfado.
A veces el dolor se convierte en una parte tan grande de tu vida, que esperas que siempre esté ahí, porque ya no recuerdas la última vez que no estuvo en tu vida. Pero entonces, un día, sientes algo más, algo que parece malo, probablemente porque es algo desconocido. Y en ese momento, te das cuenta de que eres feliz. La felicidad nos llega de muchas formas, en la compañía de buenos amigos, en lo que sentimos cuando hacemos realidad el sueño de otra persona, en la promesa de una esperanza renovada. Es bueno que nos permitamos ser felices… Porque nunca se sabe lo fugaz que puede ser la felicidad.
La felicidad es solamente la ausencia del dolor.
A los amigos, como a los dientes, los vamos perdiendo con los años, no siempre sin dolor.
No hay mayor dolor que acordarse de los tiempos felices en la desgracia.
Escoge una mujer de la cual puedas decir: hubiera podido elegirla más bella, pero no mejor.